
Llevábamos todo el día manifestándonos por las calles de Belgrado aquel 5 de Octubre de 2000. Ya no soportaba el dolor en los pies y asaeteaba a Vojislav para que nos fuéramos a casa. Además, el olor a humanidad se había vuelto nauseabundo, con tanta gente marchando sin ducharse en una semana.
Dobrilo y Dragan insistían en seguir adelante, en no parar hasta que nuestro clamor retumbara en toda Yugoslavia como un avión rompiendo la barrera del sonido. Casi los había convencido cuando se nos sumó por detrás Ljubomir. Nos arengó con gran entusiasmo para que no dejáramos escapar aquella oportunidad histórica. Su nombre, que en serbio y croata significa "la paz del amor", nos inspiró a todos.
Empezamos a correr hacia el edificio del parlamento y nos siguieron cientos de personas que gritaban en la calle. De pronto nos encontramos delante de las puertas del edificio legislativo. Había dos periodistas de la televisión estatal. Indignados por la manipulación de los medios, nos abalanzamos sobre ellos, tiramos sus cámaras al suelo y seguimos adelante, mientras los pisoteábamos. El cordón policial, que horas antes veíamos como inexpugnable, nos pareció un bloque de mantequilla que traspasamos como un cuchillo. Cuando nos dimos cuenta, estábamos en los pasillos del parlamento, gritando: "Milosevic, vete ya". Un día después, Milosevic sucumbía ante nuestra clamor y renunciaba. Había triunfado la Revolución del Bulldozer.

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